Alfonzo Prieto – Abril 2026

        Hablar de “zonas populares” en Venezuela puede tener significados distintos según la región del país. Es un término que —pienso— ha sido usado como un manto: una palabra amplia que sirve para cubrir, o incluso esconder un mundo entero.

Por ejemplo, si estás en una gran ciudad, probablemente el término remita a espacios de alta densidad demográfica, caracterizados por la precariedad, la pobreza, la delincuencia y una cadena de obstáculos que marcan —para bien o para mal— a quienes viven allí. Se configura así un círculo difícil de romper, del que no salen los elegidos, sino aquellos que logran aprovechar su momento: cualquier rendija, cualquier grieta del sistema que les permita escapar. “El tren pasa una vez”.

También hay zonas populares en pueblos y ciudades menos congestionadas, menos cosmopolitas, donde la vida fluye de otra manera. Siguen existiendo carencias y dificultades, sí, pero la rudeza no castiga con la misma intensidad. Tal vez —y solo tal vez— porque allí persisten con más fuerza ciertos principios, valores y formas de respeto.

No todo es negativo. Una zona popular también se reconoce por la presencia constante de personas trabajadoras, colaboradoras y emprendedoras dentro de su comunidad; gente, como decimos, “echada para adelante”, con un fuerte arraigo por su entorno. Incluso cuando logran prosperar lo suficiente como para irse, muchos no lo hacen: prefieren evitar lo desconocido, ese mundo externo en el que no necesariamente se sentirían cómodos o seguros.

Pero si algo abunda en estos espacios son los niños: muchos niños que, aun creciendo entre carencias y dificultades, llenan la calle de una alegría que resiste. Nadie sabe qué será de ellos. Algunos —porque esa gente también existe— les augurarán un mal destino, pero quiero pensar que la mayoría desearía para ellos algo distinto: lejos del ruido de la música estruendosa, del eco metálico de las balas, de los gritos que salen tanto de la calle como de los hogares.

La naturaleza de un niño no entiende de futuro, ni de lo que realmente significa ni de cómo se llega hasta allí. Tiene —o debería tener— tiempo para imaginar, para soñarse siendo alguien: muchas veces deportistas, porque el deporte termina siendo uno de los pocos espacios donde todavía se une la familia, los amigos, el barrio.

Sin darnos cuenta, el cerebro va guardando todo eso. Se acumulan escenas, sonidos, momentos que luego, en la adultez  —quizás ya lejos de ese entorno— regresan convertidos en memoria. Y entonces uno entiende que también ahí, en medio de todo, había algo que valía la pena.

Donde crecí era una urbanización enorme, dividida en sectores. Fue construida como villa olímpica para los Juegos Deportivos Nacionales de 1980, en Ciudad Bolívar. Allí convivían familias de clase media emergente, otras ya consolidadas y también muchos extranjeros sudamericanos que llegaron durante la época de pujanza venezolana. Esa mezcla le daba al lugar una sonoridad distinta, un pulso propio dentro de la ciudad.

En ese contexto, el deporte ocupaba un lugar central. Había espacios para practicarlo: fútbol, atletismo y un velódromo que, en su interior, albergaba una escuela de béisbol. Pero más allá de lo formal, lo que realmente dominaba era el juego en sus variantes callejeras: pelotica de goma, parecita, chapitas. Sin duda, era lo más practicado. Podía jugarse todo el año, pero durante la temporada de la liga profesional la intensidad era otra. Unos éramos de los Leones, otros del Magallanes, y siempre aparecía alguno que decía irle a La Guaira.

Había rodillas raspadas, codos abiertos, pelotazos que dolían más de la cuenta por guantes rotos. También peleas, inevitables, por la forma en que se vivían aquellos juegos. Pero al final todo volvía a su sitio: terminábamos riendo, compartiendo, tomando refrescos a pico de botella, todos de la misma. El covid no existía.

Durante muchos años celebramos los triunfos de otros. Nos apropiamos de logros que no eran nuestros, buscando cualquier vínculo —directo o lejano— para sentirlos propios. Era, en el fondo, una necesidad.

Pero el 17 de marzo de 2026 algo cambió. Venezuela se proclamó campeona del Clásico Mundial de Béisbol tras vencer 3-2 a Estados Unidos, y por primera vez un país entero sintió lo que significa ser campeón del mundo en su deporte más suyo.

Ya había ocurrido antes, en otro tiempo, cuando el fútbol sala todavía se llamaba “futbolito”, pero aquello no tuvo la dimensión de hoy. Ahora todo es más visible, más inmediato, más compartido. Y entonces pasó algo poco frecuente: los venezolanos —los que están dentro y los que están regados por el mundo— se encontraron en el mismo lugar, al mismo tiempo. Se abrazaron. Lloraron.

Porque el béisbol siempre ha sido eso: un punto de encuentro, una excusa para la intensidad, lo único capaz de dividir a una familia o a un grupo de amigos durante nueve innings. Por eso resulta tan significativo que, esta vez, haya hecho lo contrario: unirnos a todos. Incluso a quienes están lejos, a los hijos, esposos y esposas que todavía no conocen Venezuela, pero que, por un momento, también la sintieron suya.

Nos han pasado muchas cosas terribles a lo largo de casi treinta años. No es que antes no hubiera problemas; es que en estos últimos se profundizaron, nos quebraron como ciudadanos y dejaron marca en la psiquis y en el alma. Apelando al instinto de supervivencia, muchos se fueron: a países vecinos, a destinos impensados. Nos separamos de nuestras familias. Dejamos de pisar los lugares donde crecimos, esos espacios que hoy ya no son los mismos —y que tampoco lo eran el día que nos fuimos, aunque aún conservaban algo de lo que fueron cuando éramos niños.

Y, sin embargo, mientras a nuestros jugadores les brillaban las medallas en el pecho y levantaban el trofeo de campeones del mundo, algo se ordenaba por dentro. Nos sentimos orgullosos. Pensamos en los afectos, en los amigos y familiares a kilómetros de distancia, y también en quienes amaron el béisbol, lo practicaron, lo vivieron, pero ya no están. Ojalá, de alguna forma, hayan podido ver esta gesta. Ojalá también hayan sido parte de esta alegría.

Reímos, lloramos, soltamos rabia y dolor. Y cuando las cámaras enfocaron los rostros de nuestros muchachos, cuando vi sus lágrimas al cantar el himno, sentí también su desahogo: sus ganas de abrazar, de sentir el cariño de su gente y, seguramente, de saldar deudas con quienes siempre creyeron en ellos.

Pero este torneo ya tenía olor y sabor venezolano. Un país variopinto, una mezcla que se parece a su propia mesa: arepa en la mañana, espagueti con carne molida al almuerzo y, en la noche, un pancito con queso amarillo y jamón.

En ese mismo escenario, Francisco Cervelli —italo-venezolano y mánager de Italia— miraba, tras la derrota de la noche anterior, a sus paisanos celebrar. Apretó el puño, apenas, como si el orgullo le recorriera el cuerpo y el corazón al mismo tiempo.

Su trabajo con Italia fue extraordinario. Dentro del equipo también había integrantes con raíces venezolanas —en el cuerpo técnico y en el roster—, todos entregados a una selección casi desconocida para el imaginario italiano, más habituado al calcio o al Giro. Y aun así, llevó a ese grupo hasta el cuarto lugar del torneo más importante del béisbol mundial.

Mientras el estadio seguía vibrando y nuestros corazones —repartidos por el mundo— seguían acelerados, nos fuimos encontrando con los protagonistas. Y entonces, algo me detuvo.

Me conmoví al mirar a uno de los coaches.

Mi mente dio un salto al pasado, a una noche de práctica.

“Papicho”.

Apareció un firifirito de Santa Fe. Fenómeno del “sior”. Decían que había sido seleccionado para un mundial infantil. Aquel niño jugó en un velódromo, en “estadios” de tierra roja, entre piedras, en canchas de arena pesada, donde lo verde no era Bermuda 419 sino matas de abrojos, “jala pa’trás” y hierba mala.

Esa noche del 17 de marzo de 2026, a “Papicho” —a Víctor— también le colgaron su medalla.

También levantó el trofeo.