El olor de Maracay en las noches y en las mañanas era muy particular. Fresco. A bosque tropical. A tierra húmeda. Al menos en el sector de la casa de mis tíos.

Quizás por entonces aún conservaba algo de aquello que le valió el nombre de “Ciudad Jardín”. Si Caracas tiene al Ávila, Maracay tiene su montaña —su prima hermana—: a veces amanece despejada, contrastando con un cielo prístino, de un azul que resalta el verde intenso del bosque; otras, despierta arropada por un manto blanco que, con los primeros rayos del sol, se va tiñendo de amarillos y rosados.

Es su pulmón vegetal: vigila, le da presencia y, en alguna ocasión, también se ha hecho sentir con autoridad —y con dolor—.

Como en septiembre del 87, cuando, quizá, recordó que está ahí no solo para ser transitada como puente entre los valles aragüeños y el mar.

Muchos días de vacaciones escolares mi mamá, mis hermanas y yo los pasamos ahí. Mis tíos y sus hijos, personas para nosotros muy especiales: cuidaban cada detalle y hacían de nuestra estadía algo fácil, casi natural.

Entre conocer otros sitios, ir a la playa era parte obligada del plan. Tanto les gustaba bajar al mar que, con los años, terminaron comprando una casa en “El Playón”, cerca de Ocumare de la Costa, pueblo de cacao y tambor que se descuelga de la montaña hasta encontrarse con el Caribe.

A medida que fuimos creciendo y cambiando nuestras rutinas, dejamos de ir en esas fechas. Los viajes se transformaron: ya no eran de vacaciones, sino de encuentros familiares, sobre todo en diciembre. Mi último 24 en Venezuela fue en esa casa: música, comida, risas, recuerdos. Pero mi tía Naya ya no estaba. Su ausencia se sentía en todo.

Era cariñosa, divertida. Cantaba, bailaba. Con ella aprendí mis primeros pasos de salsa. Muchos de mis gustos musicales vienen de ahí, de ella y de mi tío Jesús. Él también era alegre, responsable —casi obsesivo con el trabajo—, cuidadoso de los detalles. Todo debía quedar bien, incluso después del ACV. Siempre tenía un chiste a la mano: bueno o malo, pero chiste.

Eran un dúo: para trabajar, para la fiesta y, quizás lo más divertido, para poner sobrenombres.

Ya se fueron.
De mi tía me despedí.
De mi tío no.
Y eso todavía pesa.

La emoción infantil se percibía desde temprano en la casa. Un sábado de agosto, cuando aún la madrugada y la mañana se abrazaban en el cielo, en la Grand Wagoneer montamos todo lo necesario para un día de playa y salimos. Como éramos muchos, me tocó ir atrás, mirando por la ancha ventanilla. Aunque viajar sobre cosas resulta incómodo de adulto, en esa oportunidad, siendo un niño, creo que tenía el mejor puesto.

Poco a poco fuimos tomando altura y Maracay se iba quedando atrás. En algunos tramos de la carretera podía verse cómo, entre una delgada bruma, la ciudad comenzaba a llenarse de luz. Mientras tanto, nosotros seguíamos adentrándonos en un túnel vegetal a medida que subíamos la montaña. La temperatura se hacía más fría; la neblina aparecía, envolviéndonos y acortando la vista. Por momentos imaginaba que volaba.

Mis primos y yo le pedimos a mi tío que bajara los vidrios para intentar “tocar las nubes”. No pudimos, claro. Pero sentimos las diminutas gotas frías de agua en nuestros rostros, como el aliento perfumado a musgo de un gigante helado. Ese instante quedó suspendido en algún lugar de la memoria. Hoy me hace sonreír —y también me da algo de nostalgia— recordar aquella inocencia.

El camino se volvía cada vez más mágico: cascadas descendían por los lados entre árboles enormes, chocaban contra las rocas y se adornaban en las orillas con flores y helechos antes de perderse debajo de la vía.

En Rancho Grande paramos para comer y tomar algo caliente, café o chocolate. Luego retomamos el camino. Al poco tiempo comenzamos a descender y el primer susto llegó en la vuelta de la herradura, cuando la camioneta giró lento, pero con brusquedad. Después seguimos bajando, pegados al borde del barranco, cubierto de un verde intenso y sombras profundas que, por momentos, me hacían cerrar los ojos.

Continuamos descendiendo hasta que la espesura empezó a abrirse y los rayos del día atravesaban los inmensos árboles. Las caídas de agua se transformaron en un río cuyas corrientes chocaban contra piedras enormes, sumando nuevas imágenes a mi memoria. Poco a poco, el miedo a la altura, a lo estrecho de la carretera y al borde demasiado cercano fue disminuyendo.

La carretera hacia la costa siempre ha sido así: curvas, selva cerrada, una línea fina entre un mundo y otro.

Llegamos a Ocumare. A esa hora, pocos andaban por las calles: algunos caminaban, otros estaban sentados en la plaza o conversaban en las esquinas; casi todos levantaban la mano para saludar. Nosotros, a paso lento, como queriendo admirarlo todo, atravesamos el pueblo.

Calles estrechas. Casas pegadas unas a otras, sin dejar espacios. Paredes gruesas y techos de tejas; fachadas coloridas, aunque envejecidas por el sol y la humedad. Grandes puertas y ventanas de madera hechas para permanecer abiertas, para que los ecos y las voces del pasado salgan, y el viento las atraviese, les limpie el alma y las perfume con aromas del mar mezclados con los que descienden del bosque.

Salimos del pueblo y avanzamos un rato por lo llano, hasta que nuevamente comenzamos a subir. Pero esta vez la cordillera de la costa había cambiado de aspecto: se mostraba más seca, sin los árboles gruesos y frondosos, reemplazados por cactus y arbustos pequeños con más ramas que hojas.

El paisaje se abría. La sombra desaparecía. La claridad caía sin filtro.
La carretera serpenteaba entre lomas áridas y por momentos parecía que ya no había nada más allá de la siguiente curva.
Y, entonces, ocurrió.
El mar.

No sé si era la primera vez que lo veía, pero sí la primera vez que lo contemplaba desde lo alto. El cielo limpio, de un azul intenso, apenas interrumpido por unas pocas nubes blancas; y el Caribe extendiéndose hasta el horizonte. La luz lo invadía todo, haciendo vibrar los colores y agrandando aún más aquella inmensidad.

No lo supe en ese momento, pero, creo que, fue la primera vez que sentí la pequeñez ante la obra de esa energía llamada Dios. Bendito sea todo aquello. Bendito todo lo que conocí después, que me ha hecho volver a sentirme de esa manera.

La bahía de Cata aparecía abajo, con sus dos colosos de concreto entre cocoteros y techos de casas de pescadores, mientras una gran lengua turquesa, salpicada de ondulantes rayitas de colores —barquitos—, besaba la orilla de arena blanca.
Con razón Armando Reverón buscó una montaña desde donde mirar el mar.

El viaje continuó por aquel camino despejado, sin sombras. La carretera había perdido su negrura y ahora se veía pálida, como cubierta por una fina capa de arcilla blanca. La brisa corría libre, empujando con fuerza. Allí, el miedo a la altura y la cercanía del barranco volvieron a hacerse presentes. Pero valió la pena.

Llegamos a un paraíso silencioso donde solo se escuchaba el murmullo de las palmeras inclinándose en reverencia al infinito azul; un río entregándose sumiso a un mar vigoroso; y cantos rodados de colores terrosos en la orilla, dolorosos al pisarlos, que al golpe de las olas sonaban como miles de metras chocando entre sí bajo el agua antes de emerger entre la espuma.

Así fue Cuyagua.

Durante muchos años recorrí aquella carretera cientos de veces. Con el tiempo había cambiado; también quienes la transitábamos y quienes la habitaban. Comencé a sentir que se había perdido la conexión con ella, que ya no era más que un camino hacia destinos llenos de los mismos ruidos, manías, mala educación y anarquía de las ciudades que antes parecían quedar atrás.

Esa autodestrucción se hacía visible en los rostros, en los gestos, en la manera en que cada vez menos personas parecían querer conectar con la montaña, con el verde, con el aire, con el mar o con los otros.

Un día quise —y pude— recorrer parcialmente y con más calma aquellos kilómetros con mis propios pasos; uno a uno, entre el canto de las aves, el rumor del agua y los murmullos de desconocidos a quienes, por respeto, nunca hablé, pero con quienes sí caminé desde El Limón hasta la iglesia de San Sebastián, en Ocumare, pidiendo por la salud de mi tía, por todos los míos y buscando otra vez aquel olor a verde húmedo y sal que una vez me había regalado el camino.