El sol comenzaba a caer. Iba rumbo a guardarse lentamente en el estuche del horizonte. Un naranja intenso se adueñaba del cielo, tiñéndolo de una belleza casi irreal, de esas que parecen empeñadas en convertirse en protagonistas de una película, en el inicio de un poema o en el regalo silencioso que dos enamorados reciben frente al mar.
Era una de esas tardes capaces de reflejarse por igual en la mirada asombrada de un niño, en los ojos cansados de un anciano hundido en la soledad o en el último recuerdo que alguien conserva antes de cerrar los ojos para siempre. Hay atardeceres que parecen pertenecerle a una sola persona; aquel, en cambio, parecía haber sido pintado para todos.
Entonces la tierra se movió, violenta, como si quisiera arrancar todo lo que estaba sobre ella. No una vez, sino dos. Se agrietó el suelo y, con él, también el tiempo. El antes dejó de existir; solo quedó el después.
Quien segundos antes caminaba, conversaba, reía, miraba jugar a Brasil, descansaba o dormía, de pronto yacía bajo los escombros de una vida entera, enterrado junto a los «te quiero» no dichos, los favores pendientes, los abrazos aplazados, los viajes postergados, las reconciliaciones y todos esos momentos que llevaban pegada en la etiqueta esa frase demasiado conocida: «en otro momento»
Y mientras el sol seguía deslizándose poco a poco, huyéndole a la noche y dejando de pintar el cielo con aquel naranja imposible, para miles aquel fue el último atardecer. Para otros, en cambio, comenzó un tiempo, un espacio y un mundo diferente. Un lugar donde ya no sabían si estaban o se habían ido; donde se preguntaban qué había pasado, si lo vivido era un mal sueño del que en algún momento despertarían o si ese era el inicio del camino hacia el infierno, el purgatorio o el cielo.
Vivos o muertos, nada parecía tener sentido. Solo quedaba esperar: que los gritos de auxilio, lanzados con las fuerzas que aún quedaban, fueran escuchados y no se perdieran como en esas pesadillas en las que uno grita desesperadamente y nadie parece oír. Solo quedaba esperar, solos o abrazados en familia quienes, intentando huir del momento, quedaron atrapados unos junto a otros; esperar entregándose al amor, elevando oraciones al Dios que los acompañaba cada día, ese Dios que el corazón no siente castigador, sino como luz y esperanza, energía pura que nutre la fe, aunque en momentos así inevitablemente lo cuestionemos, preguntándonos si nos había abandonado o todo lo vivido era un castigo… ¿pero castigo por qué?
Había que esperar que el dolor disminuyera, que las heridas dejaran de sangrar, entre la agonía y la frágil esperanza de escuchar una voz, sentir una mano o volver a oír un nombre pronunciado entre los escombros.
El ruido de la calle había cambiado, se transformó en un cóctel de sonidos y silencios. Quienes habían logrado escapar tampoco entendían lo sucedido y sus mentes quedaron dispersas. El aspecto a su alrededor era de devastación, imágenes que parecían pertenecer a otros lugares, a miles de kilómetros de ahí, que en ese instante pasaron a ser suyas. A medida que el asombro iba cobrando forma, fueron comprendiendo que todo era cierto.
Mientras tanto, quienes estábamos fuera de Venezuela o a la distancia dentro el mismo país, a través de una pantalla, recorríamos los escenarios con cada swipe del teléfono, llenándonos de terror y miedo, alterando los sentidos, queriendo saber de los nuestros, preguntando en los grupos de mensajes si estaban bien o cómo estaban los suyos. Y sin darnos cuenta también nos íbamos llenando de dudas y de culpas: la duda de si todo aquello era cierto o si también estábamos viviendo una pesadilla, o mejor dicho, otro episodio más de la que seguimos viviendo como país.
El sentimiento nos envolvía —y aún lo hace—: esa sensación de que algo estamos pagando, de que hay algo que hicimos para merecer vivir cada día en la ansiedad de no saber qué pasará al día siguiente, si podremos seguir trabajando, volver sanos, estar con los nuestros sin problemas. Pero todo parece complicarse cada día, sin importar el lugar en el que estemos. Es como si el país fuera una Matrix a la que seguimos conectados con cables larguísimos; a veces intentamos apartarnos un poco, mirar hacia otro lado, vivir sin pensar demasiado en la situación política que nos abruma, y quedarnos solo con lo esencial: los afectos.
Porque también hemos sufrido el desgaste de la esperanza, después de tantos intentos fallidos de cambiar las cosas, de confiar en personas que no lo merecían y que seguramente volverán a aparecer aprovechando la circunstancia para tomar lo que siempre han querido, no para levantar al país, sino para obtener beneficios propios y de los suyos. Se nos rompieron las esperanzas, y ahora la naturaleza, en el mismo lugar pero de otra forma, vuelve a golpearnos de manera igual de dura y dolorosa.
Cuando la oscuridad política terminó de arropar al país vino el deslave en el estado Vargas. Hoy quiero pensar que, con el terremoto en ese mismo sitio, se abrirá también un amanecer; que la tierra se movió mientras transcurría lo más oscuro de la madrugada y que el dolor que trajo consigo sirva para que la mayoría de los venezolanos se encuentre primero en su interior y luego con el vecino, el amigo y el familiar que por razones políticas había quedado lejano.
No estoy allá, pero desde fuera se percibe como si el carnet político hubiera quedado también bajo los techos y muros caídos, como en Berlín, y que solo algunos de los millones que habitan el país todavía lo conservan en el bolsillo, intentando ejercer un poder que se va desvaneciendo cada día. Aún tienen el control de los medios y ejercen la opresión y el miedo desde uniformes y armas, pero ese pueblo —al que llaman proletario, obrero, campesino, clase desfavorecida— no siempre ha sido visto como individuo, sino usado, humillado o manipulado según convenga.
A quienes se les entrega una casa mal construida o alimentos en mal estado, a quienes han tenido que vivir entre la precariedad, la ignorancia y el abandono, hoy parece estarles cambiando algo por dentro. Hoy están entendiendo lo que les han hecho. Están despertando, quitándose poco a poco las legañas de los ojos. Son ellos junto a o otros hermanos quienes, con sus manos, han levantado los pedazos de concreto para rescatar a vivos y recuperar a los que se han ido, sin importar nombres ni clases sociales. No ha sido una estructura impuesta desde el poder en su intento de moldear discursos o percepciones; ha sido la comunidad, la sociedad civil y su solidaridad.
Sí, sin dudas esto debería ser un renacer. Doloroso, como un parto —usando una frase cliché—, pero un renacer al fin. Quiero aferrarme a esa esperanza y a esa fe de que saldremos adelante, de que tomaremos, aunque sea por asalto, lo que como país debemos ser.
Replantear a Venezuela desde cero tiene que dejar de ser una frase al aire para convertirse en realidad. Hay que repensarlo todo: la educación en casa, con valores y principios, con respeto al otro; la educación en la escuela, donde se nos muestre nuestra verdadera historia con todas sus aristas, no esa versión simplificada de semidioses libertadores donde todo fue perfecto.
Porque fue en ese origen donde también se sembraron muchas de las contradicciones que hoy arrastramos. Nacimos sin una idea sólida de nación. Fuimos como ese hijo rebelde que se va de casa para hacer su vida creyendo que, por tener algo de dinero, un carro y cierto conocimiento del mundo, ya lo lleva todo consigo para triunfar. La “libertad” terminó siendo una aventura inconclusa que derivó en deudas, divisiones e intereses externos que moldearon nuestro destino.
En la escuela también se nos debería enseñar que hasta hace muy poco fuimos una sociedad mayoritariamente rural, analfabeta y profundamente desigual, y que esa base ha hecho posible que el caudillismo —transformado luego en populismo— se incruste en nuestra manera de relacionarnos con el poder.
Debemos repensar nuestro comportamiento colectivo, dejar de ser simples pobladores para convertirnos en ciudadanos, entender que los deberes sostienen los derechos. Repensar también las ciudades, porque estos desastres no son solo consecuencia de la naturaleza, sino de la falta de planificación, la corrupción, la anarquía y la negligencia acumulada.
Ya basta de aceptar tanto atropello y tanto discurso falso cargado de un nacionalismo vacío que no es más que manipulación. Porque si de verdad existiera ese sentir, no estaríamos viendo cómo algunos caminan sobre escombros para robar lo que quedó enterrado junto a otros. No escucharíamos a quienes intentan justificar lo que no ha podido justificarse con hechos en décadas. No veríamos a tantos, nacionales como extranjeros intentando exculpar y limpiar una historia marcada por el desfalco, el robo y la corrupción, solo por comulgar con ideales o con el dinero.
Se han perdido recursos que pudieron servir para estar preparados: hospitales dignos, equipos de rescate adecuados, un Estado fuerte con protocolos reales ante desastres naturales. Algo que permitiera responder de inmediato y no días después, o dependiendo de la ayuda que llegue desde otros países, incluso de aquellos considerados enemigos políticos del régimen.
Hay que dejar de creer que en Venezuela existe una lucha ideológica en los términos en que suele plantearse. Si vamos a la realidad, muchas veces esa discusión ha sido más una narrativa que una verdadera confrontación de ideas. Durante décadas, buena parte de los partidos y corrientes políticas han estado influenciados por lecturas del marxismo y del socialismo, y muchos pensadores y dirigentes han sido atravesados por ese mismo marco conceptual.
Hoy en día, las etiquetas de “izquierda” y “derecha” parecen cada vez más anacrónicas. Se repiten como consignas, pero muchas veces quienes las usan no conocen realmente su origen ni su contenido histórico. En la práctica, más que corrientes ideológicas claras, lo que se observa son discursos reciclados, identidades políticas difusas y contradicciones constantes.
No hay izquierdas ni derechas en el sentido clásico; hay narrativas que se disfrazan de una cosa u otra, pero que en el fondo terminan reproduciendo dinámicas similares de poder, control y oportunismo. Ambos extremos terminan pareciéndose más de lo que admiten, convirtiéndose en versiones distintas de lo mismo: abZURDOS.